Tras ocho años entre rejas, Max Dembo vuelve a Los Ángeles con sesenta y cinco dólares en el bolsillo, un traje pasado de moda y la intención de reinsertarse en la sociedad. 
Richard Bone es un bala perdida bien parecido que malvive como gigoló en Santa Barbara. Sin residencia fija, suele dormir en el sofá de su amigo Alex Cutter, un veterano de Vietnam tullido, trastornado y explosivo a quien Mo, su esposa, se resiste a abandonar.
David Hook, granjero de Illinois orgulloso de las tierras y del ganado que posee, sufrió un duro golpe cuando su mujer falleció en un accidente de coche siete años atrás. Ahora, frente al ataúd de su primogénito de dieciocho años, Hook tiene el corazón y los ojos secos.
Kazuko, la joven narradora de El declive, vive con su madre en una casa del pudiente barrio tokiota de Nishikata. La muerte del padre, y la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, han reducido considerablemente los recursos de la familia, hasta el extremo de tener que vender la casa y trasladarse a la península de Izu.
En los suburbios pobres de la ciudad con mayor índice de criminalidad de los Estados Unidos, los traficantes de droga se pavonean al volante de Cadillacs de vivos colores y lucen exuberantes peinados a lo afro, patillas crecidas, botines de tacón, abrigos de visón o chaquetones de piel por valor de cientos de dólares; y casi todos llevan, escondidas bajo el abrigo, Magnums del 357 o del 45 en la cintura del pantalón.
Desde que saliera de la penitenciaría dublinesa de Mountjoy e intentara establecerse como delincuente por su cuenta, Frankie Crowe no había tenido suerte. Harto de golpes que a duras penas le daban para el alquiler ―y que bien podrían ponerlo de nuevo entre rejas―, un ambicioso Crowe planea secuestrar a Justin Kennedy, un banquero que ha prosperado en los años dorados del Tigre Celta. Pero para ello necesita contar con la aprobación del temido Jo-Jo Mackendrick, antiguo jefe de Frankie y conocido mafioso local.
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