David Hook, granjero de Illinois orgulloso de las tierras y del ganado que posee, sufrió un duro golpe cuando su mujer falleció en un accidente de coche siete años atrás. Ahora, frente al ataúd de su primogénito de dieciocho años, Hook tiene el corazón y los ojos secos.
Troy Cameron, criminal ampliamente respetado en los bajos fondos de Los Ángeles, embarca a dos viejos camaradas del reformatorio en un golpe de los que difícilmente rechazaría quien ha entregado su vida al crimen.
Kazuko, la joven narradora de El declive, vive con su madre en una casa del pudiente barrio tokiota de Nishikata. La muerte del padre, y la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, han reducido considerablemente los recursos de la familia, hasta el extremo de tener que vender la casa y trasladarse a la península de Izu.
En los suburbios pobres de la ciudad con mayor índice de criminalidad de los Estados Unidos, los traficantes de droga se pavonean al volante de Cadillacs de vivos colores y lucen exuberantes peinados a lo afro, patillas crecidas, botines de tacón, abrigos de visón o chaquetones de piel por valor de cientos de dólares; y casi todos llevan, escondidas bajo el abrigo, Magnums del 357 o del 45 en la cintura del pantalón.
Desde que saliera de la penitenciaría dublinesa de Mountjoy e intentara establecerse como delincuente por su cuenta, Frankie Crowe no había tenido suerte. Harto de golpes que a duras penas le daban para el alquiler ―y que bien podrían ponerlo de nuevo entre rejas―, un ambicioso Crowe planea secuestrar a Justin Kennedy, un banquero que ha prosperado en los años dorados del Tigre Celta. Pero para ello necesita contar con la aprobación del temido Jo-Jo Mackendrick, antiguo jefe de Frankie y conocido mafioso local.
La Escena, que combina elementos de la novela policial con una audacia expresiva y una crudeza raras para su género y época, supuso el debut en 1960 de Clarence Cooper Jr., escritor con una trayectoria breve señalada por el demonio de la adicción a la heroína.
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