En 1942 llegan a Marsella, en la zona no ocupada por los nazis, hombres procedentes de toda Europa: refugiados de guerra, judíos del este, republicanos españoles, y rusos que huyen del régimen estalinista. El gran puerto mediterráneo es un hervidero de gente en busca de los visados que les permitirían embarcarse hacia la libertad, pero también de delatores y legionarios al servicio del régimen colaboracionista de Vichy.
El soldado raso Bourne, voluntario del ejército británico destinado al Somme, no es como los demás: su poca presencia física y su manera respetuosa de hablar indican que se trata de un hombre educado y de buena posición. En el ejército, Bourne es una anomalía que sus superiores insisten en corregir ofreciéndole promoción.
Los niños se aburren los domingos es una selección de los mejores relatos de Jean Stafford, ganadora del premio Pulitzer de ficción en 1970 por sus Cuentos completos y colaboradora habitual de The New Yorker. Las protagonistas de estos relatos, ambientados en una Norteamérica en la que a mediados del siglo pasado la discriminación contra las mujeres goza de una gran fortaleza, son jóvenes en busca de una segunda oportunidad lejos de sus opresivos hogares y mujeres insatisfechas en sus matrimonios o a quienes la vida no ha tratado bien.
Con treinta y dos años, Frank Mansfield es uno de los mejores galleros de Estados Unidos. En los reñideros del Sur su nombre hace zozobrar las apuestas. Frank es fanfarrón, impulsivo y pendenciero; pero para ser el número uno hay que tener cabeza. Con el Premio al Gallero del Año entre ceja y ceja, la más alta distinción de la gallística norteamericana, Frank se jura no volver a abrir la boca hasta su consagración.
Tras ocho años entre rejas, Max Dembo vuelve a Los Ángeles con sesenta y cinco dólares en el bolsillo, un traje pasado de moda y la intención de reinsertarse en la sociedad. 
La rebeldía del joven Edward Bunker, criado en hogares de acogida, escuelas militares y reformatorios de los que continuamente escapaba por su visceral rechazo a una autoridad a menudo arbitraria, lo convirtió con dieciséis años en el preso más joven de la tristemente célebre prisión de San Quintín. Ni un coeficiente intelectual muy por encima de la media, ni la ayuda de Louise Wallis, esposa del magnate de Hollywood Hal Wallis, lograron encauzar a un joven impulsivo fascinado por los bajos fondos y la noche de Los Ángeles. 
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