Cuando en 1946 se publicó Ladrones de bicicletas, poco podía imaginar Luigi Bartolini que su libro inspiraría la célebre película homónima de Vittorio de Sica, convertida con el paso de los años en el emblema del neorrealismo italiano y en una de las más recordadas del pasado siglo.
La casa del hambre supuso el fulgurante debut con el que un joven africano de veintiséis años obtuvo en 1979 el prestigioso premio Guardian de ficción. Un libro explosivo que rompió con el tratamiento realista de temas sociales y políticos típicos de la novela de protesta anticolonial en favor de un retrato profundamente expresivo.
Willem Termeer, el narrador de Una confesión póstuma, se presenta a sí mismo como un hombre apático, desagradable e indiferente a todo cuanto le rodea. Hijo de una madre fría y vanidosa y de un padre enfermizo e irascible, uno de sus primeros recuerdos es el de su ingreso en la escuela, donde se sentía como un conejito al que han arrojado a la jaula de las fieras.
En la pequeña localidad de Walgett, había un viejo llamado Benny que tenía como mascota un enorme canguro muy dado a aporrear a su dueño. De acuerdo a esta inclinación pugilística, Benny puso al canguro el nombre de Les, inspirándose en un célebre boxeador de la época.
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